viernes, 17 de julio de 2026

Tanto para nada...

Después de todo, todo ha sido nada,
a pesar de que un día lo fue todo.
Después de nada, o después de todo
supe que todo no era más que nada.

Grito ¡Todo!, y el eco dice ¡Nada!
Grito ¡Nada!, y el eco dice ¡Todo!
Ahora sé que la nada lo era todo.
y todo era ceniza de la nada.

No queda nada de lo que fue nada.
(Era ilusión lo que creía todo
y que, en definitiva, era la nada.)

Qué más da que la nada fuera nada
si más nada será, después de todo,
después de tanto todo para nada.

Los versos de este poema titulado "VIDA" pertenecen a Cuaderno en Nueva York, considerada la obra maestra del poeta José Hierro. Madrileño de nacimiento y santanderino desde muy niño, pasó cinco años en las cárceles franquistas, acusado de pertenecer a una organización que apoyaba a los presos políticos. Uno de ellos era su propio padre. Se abrió camino después como crítico de arte, periodista… y poeta reconocido y galardonado. Ganó el Premio Adonais, el Nacional de Poesía, el de la Crítica (tres veces), el Príncipe de Asturias (1981) el Cervantes (1998).

La poesía es uno de mis hobbies abandonados en estos últimos años. 

Hay finales que llegan sin avisar, aunque vienen de muy lejos y un día descubres que ya nada será igual. Lo que ayer parecía firme hoy se deshace entre las manos, y lo que llamabas esperanza no era más que un espejismo sosteniéndose sobre la voluntad de creer, a pesar de las evidencias para no seguir creyendo.

La vida, a veces, no tiene respuestas, solo deja el eco de lo perdido, la amarga certeza de haber entregado el corazón allí donde el silencio acabó ocupándolo todo. Y duele, no por lo que terminó, sino por todo aquello que nunca deberían haber pisado.

Hay una tristeza que no llora hacia fuera. Permanece dentro, quieta, mirando cómo pasan los días con la serenidad resignada de quien ya ha comprendido que existen derrotas imposibles de explicar. Se aprende a caminar con ellas, aunque nunca dejan de pesar.

Quizá, esa sea la mayor decepción: descubrir que la vida no rompe los sueños de un golpe, sino lentamente, obligándote a seguir adelante mientras recoges, uno a uno, los fragmentos de aquello que merecía ser eterno.

Y, sin embargo, seguimos viviendo. No porque el dolor desaparezca, sino porque incluso la tristeza acaba convirtiéndose en memoria.  Y la memoria, como el tiempo, siempre pone a cada uno en su lugar.

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