ROMPIENDO LAS CADENAS
Durante demasiado tiempo cargué con un peso que casi nadie vio, aunque las gradas del frontón se llenaban de gente cada tarde.
Sonreía para que quienes me querían de verdad no sufrieran por mí, no es tan difícil esconder tus propias heridas. Yo lo aprendí de mi ama Teresa. Entregué mi tiempo, mis ilusiones y sueños, mis días y mis noches... Les engañaba haciéndoles pensar que todo era sencillo: el infernal calendario a la carta, las presentaciones de pelotaris estrellas, las promesas incumplidas, las fotografías nunca hechas antes, los inventados reportajes de los partidos, que para los incondicionales del torneo, los Haixederzaleak, eran como engancharse a una serie de éxito en Netflix.
Demasiado tiempo sintiendo que lo daba todo y que apenas recibía nada, aunque el cariño de muchas personas anónimas, que nunca me faltó, es el mayor trofeo que podía haber ganado. Ser querido por Txarly, El Cadenas, Goiko, Mikel Goñi, Jose Perez, Del Horno, Kepa Urien, Agirresarobe, Los locos de Isaba, Ager Urrutia y los mugiarrak, Mamarigakoak, los palistas de élite, las palistas de verdad... eso reconforta.
Encadenado bajo el sol llegas a desear desfallecer para encontrar la sombra. Nadie escucha el ruido que hacen las cadenas cuando se llevan por dentro. Animaba a los derrotados y yo me sentía atrapado en el barro. Felicitaba a los vencedores y yo me sentía humillado. Hice que se sintieran pelotaris quienes nunca lo fueron y les reservé un asiento en el gran escaparate del Roland Garros de la pala con pelota de tenis, como un día lo bautizó Igor Tajada.
Nadie me apoyó como Amaia, siempre. Nadie me valoró como Yoli- Maloka, incondicional. Nadie me abrazó como Ricar Llamosas, mi Robe particular mientras estuvo. Ojalá que me le encuentre cuando yo muera.
Por querer dar, perdí. Cada renuncia dejaba una cicatriz. Cada decepción añadía un nuevo eslabón. Y, aun así, seguía caminando, convencido de que el sacrificio tendría recompensa para la pala en Zierbena.
Lo hice desde el amor a Zierbena, a La Arena, al frontón, a la pala... desde la lealtad a un deporte vasco, desde la dignidad de los olvidados, desde la esperanza... aunque muchas veces regresara a casa con el corazón vacío, sintiéndome incomprendido entre tanta entrega, porque quien sostiene a los demás también acaba necesitando que alguien le sostenga.
Hubo días en los que las piedras del camino no me servían para construir mi castillo, nada se construye sobre el olvido de uno mismo.
Por eso me detengo. Miro hacia atrás sin odio, y con nostalgia. Agradezco todo lo vivido, incluso el dolor, porque él me enseñó el valor de mi propia libertad. Las cadenas ya no forman parte de mí. El Maloka no me encadenó. El Maloka me hizo libre. Fui prisionero de decisiones injustas y jueces infames. La falta de ayuda de quien era el primero que tendría que haber valorado como se merecía el torneo ahí queda, como la herida más profunda, como la cicatriz más grande. No tuve suerte. Yo no pido, pero sí necesitaba. Si quien puede ayudar no ayuda... la esperanza se oxida, hay que darse la vuelta e ir en busca de nuevos horizontes.
Las cadenas las rompo con mucha pena, pero con la misma fuerza y convicción con la que un día decidí cargar con ellas. No para olvidar quién fui, sino para recordar quién quiero ser. Yo también prefiero morir de pie que vivir arrodillado. Mis ídolos están ausente o alejados, o quizás de vacaciones, y mis dioses están ya todos muertos. ¿Para qué seguir aquí?
Itsaslur
Maloka sigue en mi corazón, en mi pensamiento, me sigue vistiendo cada día con sus camisetas. Lo traje al mundo en 2012 por deseo de Yoli, la mejor, la única, la diferente, infravalorada y exigida. La pérdida del torneo que vimos en 2025 no es nada si comparamos con la pérdida, que sentiremos cuando Yoli se vaya, esa cicatriz nunca cicatrizará en La Arena. No nos damos cuenta de lo que tenemos, porque, seguramente, ni nos lo merecemos.
Vacío. Quedará el vacío. Y el recuerdo, aunque sea en la memoria de unos pocos.

Arenal muskiztarra en La Arena, con El Peeñon y Montaño al fondo
La piedra presume de fortaleza, pero termina vencida por el viento, la lluvia y el olvido. El corazón, en cambio, aunque conozca el dolor, la decepción y las cicatrices, conserva la capacidad de seguir creyendo, luchando y defendiendo su bandera.
Esta vieja construcción se derrumba porque el tiempo desgasta la materia; el hombre permanece en pie porque la esperanza reconstruye el alma.
Hay ruinas que fueron gigantes y hoy apenas sostienen una ventana abierta al horizonte. También hay personas que han soportado tempestades mucho más violentas y, aun así, siguen siendo el refugio de quienes las rodean. La verdadera fortaleza no está en la dureza de la piedra, sino en la capacidad de un ser humano para soportar los golpes de la vida sin perder su esencia.


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