Hay ausencias que no se pueden explicar con palabras. Se sienten como el eco de un grito en medio del silencio.
Este año, al no organizar el MALOKA, siento una mezcla de nostálgica tristeza y aliviadora alegría difícil de describir. No echo de menos solo un campeonato de pala; echo de menos los abrazos de muchos pelotaris cuando llegan al frontón, las miradas de ilusión de Malokazaleak y hasta la mirada del ojo que todo lo ve, el sonido de la pelota golpeando el frontón, los atardeceres y esa txapela que se refleja en el frontis, las risas compartidas, y todas esas frases que forman ya parte de la historia de este torneo ("El Cadenas, el hombre de oro del Maloka"..." Maloka me vuelve loka"... "la maldición del primer joko"...) y esa forma tan especial de hacer pueblo. Echo de menos una cita que, con el paso de los años, había acabado formando parte de mi vida. Y, a la vez, siento un falicidad de no tener que pelear con ese monstruo. Este verano dicen que sonrío más que nunca, pero echo de menos muchas cosas del MALOKA.
Es una sensación parecida a la que deja la marcha de un amigo del alma: alguien que sabes que ha significado mucho para ti y cuya ausencia convierte el lugar de siempre en un sitio distinto. Todo sigue ahí… pero ya nada se siente igual.
Porque hay cosas que trascienden el deporte. MALOKA nunca fue solo un torneo. Fue ilusión, amistad, identidad y un pedazo del corazón de Zierbena.
MALOKA maite dut. Eta beti maite izango dut.




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