miércoles, 30 de septiembre de 2026

El río de la vida


Yo, por edad, tengo  amigos generacionales y muchísimos seguidores de mi blog, que no tuvieron oportunidad de aprender Euskera y me aplauden que publique  en lengua vasca, pero también me piden que lo traduzca, para no perdérselo. Así que... dos de mis recientes publicaciones, las publico también en castellano...

Quizá la vida se parezca mucho a un río.

Al principio apenas somos un pequeño hilo de agua. Un arroyo que nace tímidamente, casi sin saber todavía hacia dónde dirigirse. Así somos cuando llegamos al mundo: pequeños, frágiles, dependientes, descubriendo poco a poco todo lo que nos rodea.

Después crecemos y aquel arroyo se convierte en riachuelo. Aprendemos a caminar, a correr, a jugar, a preguntar, a descubrir. La vida empieza a coger velocidad y nosotros también.

Llega la adolescencia y el agua se vuelve más inquieta. El cauce se ensancha, aparecen las primeras curvas, los primeros obstáculos. Queremos encontrar nuestro propio camino, a veces chocamos contra las piedras y otras veces nos dejamos llevar por la corriente.

Y llega la juventud. Somos ya un río con fuerza, lleno de energía, de sueños y de caminos por recorrer. Avanzamos deprisa, atravesamos valles, buscamos horizontes y pensamos que el viaje será interminable.

Después llega la edad adulta. El río ha aprendido a conocer su cauce. Sigue teniendo fuerza, pero también ha aprendido que no siempre se puede ir en línea recta. Hay meandros, desvíos, remansos y momentos en los que parece que el agua se detiene.

Y un día nos hacemos mayores.

El río también parece cambiar entonces. Ya no necesita correr. Se vuelve más sereno, más profundo, quizá más ancho. Ha aprendido que no todos los caminos tienen que recorrerse deprisa. Ha dejado atrás muchas piedras, muchas tormentas y muchos paisajes.

Y entonces comprendemos algo.

Que un río no deja de ser río porque cambie su forma.

Ni nosotros dejamos de ser nosotros porque cambie nuestra edad.

El arroyo, el riachuelo, el río joven y el río que se acerca al mar son, en realidad, el mismo río.

Como nosotros.

El niño que fuimos, el adolescente que soñaba, el joven que quería comerse el mundo, el adulto que construyó su camino y la persona mayor que contempla ahora el paisaje forman parte de una misma historia.

Quizá envejecer no sea perder fuerza, sino aprender a fluir de otra manera.

Porque al final, como los ríos, todos tenemos un destino.

Y mientras avanzamos hacia él, vamos dejando algo de nosotros en cada orilla, en cada piedra, en cada pueblo, en cada bosque que atravesamos.

Hasta llegar al mar.

Y quizá entonces descubramos que nunca se trató solamente de llegar.

Se trataba de disfrutar del viaje.


El río siempre sabe dónde está el mar.

A veces hay que dejarse llevar por la corriente para descubrir adónde nos lleva la vida.

Ibaiak bezalakoak gara: txiki jaiotzen gara, harrien artean hazten gara, oztopoak gainditzen ikasten dugu, paisaiak zeharkatzen ditugu eta, unea iristen denean, ulertzen dugu gure bizitza osoa itsasorantz egindako bidaia baino ez dela izan.

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