Hay acantilados que parecen guardar demasiadas historias tristes.
Entre sus piedras aparecen cruces, lápidas y epitafios, fotografías, flores… pequeños homenajes colocados allí por quienes un día perdieron a alguien frente al mar. Nombres grabados en una piedra para que el tiempo no los borre. Flores que el viento mueve y que alguien vuelve a colocar cuando regresan al lugar.
Porque detrás de cada cruz hay una persona. Un padre, un hermano, un hijo, un amigo. Alguien que un día salió de casa y no volvió.
Pescar es también esperar. Esperar una picada, observar el movimiento del agua, conocer el viento, interpretar las olas, buscar entre las rocas ese lugar donde quizá el mar quiera concedernos algo.
Para unos es un deporte. Para muchos es una afición. Para otros, una forma de vida. Para algunos, simplemente una manera de escapar durante unas horas del ruido de todos los días. Pero el mar no entiende de aficiones. El mar es el mismo para todos. El mar puede ser hermoso y, al mismo tiempo, traicionero.
Después queda el silencio.
El mar continúa entrando y saliendo. Las olas siguen golpeando las rocas. El viento sigue recorriendo los acantilados. Los días siguen pasando como si nada hubiera sucedido. Pero para quienes se quedan, ya nada vuelve a ser igual, porque la muerte termina con una vida, pero no termina con el dolor de quienes la amaban. Quienes se quedan recuerdan.
Preguntas que no tienen respuesta y que, sin embargo, pueden acompañar durante toda una vida.
Quizá por eso los acantilados están llenos de cruces.
No solamente para recordar a quienes murieron, sino para recordarnos a los que seguimos aquí que detrás de cada nombre hay una historia, una familia y una ausencia.
Pero mientras alguien vuelva a aquel lugar, mientras alguien coloque una flor, mientras alguien pronuncie aquel nombre, esa persona seguirá estando un poco entre nosotros. Quizá por eso, cuando caminemos junto a un acantilado y encontremos una cruz, una placa o unas flores, deberíamos detenernos un instante. No sabemos quién fue aquella persona. Pero alguien sí la conoció. Alguien la quiso. Alguien todavía la echa de menos, porque por mucho que el mar borre las huellas de las rocas, nunca consigue llevarse del todo.
La pesca enseña algo que la vida también sabe: no todo depende de nosotros.
Frente al mar, la paciencia es una virtud; frente al acantilado, la prudencia es una obligación.


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